«El Salvador, 2019 : guerra , paz , y esperanza».

Comenzando el penúltimo año de la segunda década del siglo XXI, observamos como el mundo es agitado por un espíritu de guerra renovado, justificado igual que hace 100 años por la pretensión sospechosa de lo que debería ser una sociedad más justa.

¿Qué es lo que está a la base de todo este torbellino de contradicciones, que pareciera ser el sello del mundo actual?

  No extraña que al ser humano le invada una angustia existencial, que se potencia en el tiempo por múltiples causas, una de las más importantes, es el avance del conocimiento, que paradójicamente da cuenta de sus grandes y heroicos avances, pero también de su frustración frente al inevitable y doloroso evento de la muerte.  Martin Heidegger desde principios del siglo XX, pasó a la posteridad por haber sabido interpretar el problema antes señalado, y parafraseando su monumental obra, él afirmó que todo ser humano, tarde o temprano se percata que es un “ser” para la muerte, y frente a esta sentencia irrevocable, se produce una reacción poderosa con una dinámica epocal, y no siempre de naturaleza creadora.

La razón de esta última afirmación, pudiera estar anclada en el tipo de valores cultivados y acumulados en un momento especifico de la historia personal y colectiva. Porque a la hora de responder ante un problema de naturaleza trascendental, siempre hacemos uso de los instrumentos adquiridos, y en tal sentido la sociedad entera, como un reflejo de la cultura aprendida, cosechará lo que ha sembrado.

Modernamente pudiéramos especular, que merced a la hipertecnologización, y a la cuasi virtualización de casi todo lo humano, se ha empoderado una visión del mundo anclado en la relativización de todos los dominios del ser. Se ha perdido o casi borrado, la frontera que separa lo esencial de lo superfluo, así como de lo santo y profano, para recomponer una jerarquía en ascenso, dentro de la que lo visible, cuantificable y medible, adquiere categoría de valor de la más altísima jerarquía.

El olvido del “ser”, y su lugar en el mundo, (rescatando a M. Heidegger), es la gran tragedia de la cultura actual, donde impera un modelo existencial dentro del cual, aquella angustia universal que nos recuerda la transitoriedad de lo individual y colectivo, en vez de apaciguarse, se incremente a niveles nunca antes vistos. De aquí emana demasiado de la violencia del mundo actual, no solo entre naciones, sino al interior de las familias. Otra veta de análisis para entender el culto repotenciado hacia lo subterráneo, y la evasión mortal en el uso de drogas ilícitas, y muchísimo peor, de su comercialización y defensa desde carteles y gobiernos cómplices.     Un gran rompecabezas con un hilo conductor, y que estamos obligados a intentar descifrarlo, para recobrar la esperanza.  

Todo lo anterior, debería de tomarse como una interpelación en favor del rescate y construcción de una cultura a la altura de los tiempos. Y para ello, es preciso retomar la experiencia acumulada de la tradición humanista, y reformular desde nuevos paradigmas, esa “tabla de salvación”, que nos ayude a surcar esta experiencia vital, la nuestra, en este año 2019, y los que vendrán.

San Salvador, 5 de febrero del 2019.

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