“EL SALVADOR: CONSTRUCCIÓN HISTÓRICO-TRASCENDENTAL. 14/9/2017.”

Introducción.                                                                           

El Salvador es nación soberana, tanto fuera como dentro de las fronteras patrias. Frase potente, pero que dista mucho de ser realidad.

Sin embargo, pese a la condición utópica de lo afirmado, con solo el hecho de pensarla, adquiere condición de posibilidad. Nuestra misión será construirla.

¿De qué dependerá su realización? ¿Qué significan las palabras: nación y soberanía? ¿Y qué: dignidad, libertad, igualdad, derechos o deberes?  ¿Qué estaríamos dispuestos a sacrificar, para lograr que nuestra patria se convierta en destino, y no solo en punto de partida?

Podríamos seguir preguntándonos hasta el infinito, porque no existe la pregunta ideal, ni tampoco la respuesta definitiva. Seguramente esta es la señal de que vamos por la senda correcta, pues no nos hemos conformado con lo que somos.

Porque aspiramos a convertirnos en esa utopía, la cual está impresa en nuestra existencia individual, desde el momento en que venimos al mundo. Requerimos con urgencia, un modo de pensar, un lenguaje, una cultura, como instrumentos para conquistar la dignificación de nuestro «estar en el mundo». Más allá de la simple persecución de los bienes materiales, o de los afanes que, de la individualidad hipertrofiada de individuos o grupos, se convierten en egoísmo, y luego en pobreza.

No se trata de envidiar el desarrollo de otros pueblos, pues esta admiración la mayoría de las veces, nace de la sobrevaloración de lo que aquellos estiman como progreso, pero que sobreabundan en decadencia y desesperación.

I. El ser humano y el mundo.

El ser humano ha pretendido omniabarcar la realidad, y explicarlo todo desde una perspectiva en ninguna medida aséptica. Un esfuerzo marcado de luz y oscuridad, que se fortalece, y a la vez debilita, merced a esta doble fuente que nutre su avance en la historia.  Estamos muy lejos de creer en aquel mito del progreso infinito, y por esto debemos de estar preparados para enfrentar la eventual catástrofe, de este culto desmedido a una era hipertecnologizada   que para nada es neutra, y que se ha vendido como la «nueva religión». Porque desde ella se nos pretende construir nuestro yo, e interpretar nuestro origen y destino. Definiendo lo bueno y malo, así como lo superior e inferior.

Desde esta perspectiva epocal, el pensamiento superior deberá ser siempre matemático, buscando eclipsar otros dominios del saber. El martillo ahora será más importante que el constructor, y la obra que este realiza. Al desechar la sabiduría de la tradición, acumulada a lo largo de los siglos , las ideologías con  intereses egoístas, han usurpado el lugar que deberíamos ocupar los humanos en la historia presente.

Quizás porque existe una falla a lo que hemos pretendido llamar “mundo”, y principalmente de lo que hemos creído es un” ser humano”. Entre estos dos polos: ser humano y mundo, se da la historia, como una acción decisiva del primero. Esto implica una actividad de carácter permanente, y con un objetivo. ¿Tiene la historia como creación, una intencionalidad, una dirección, así como un fundamento? Y si es así, ¿cuál es el objetivo y sentido últimos, y por qué los hemos asimilado como los mejores?

Podríamos estar frente a la gran trampa, un gigantesco caballo de Troya, que nos ha llevado hábilmente a confundir, medios con fines.

¿Pero, qué es un medio, y qué un fin? así como, la relevancia de la comprensión de esto, en la cotidianeidad de la existencia individual. Porque el proyecto de cada humano, está ineludiblemente marcado por la caducidad; esto es: días, meses y años, conforman un arco de tiempo, que nos fuerza a autodefinirnos – y con el dramatismo que esto implica -, desde la finitud. Por tanto, es preciso repensar lo prioritario, dentro de este modelo de interpretación, que a la vez nos marca desde nuestra esencia histórica, pero que retoma el objetivo fundante de este esfuerzo: el ser humano.   Lógica elemental de prioridades, que nunca debería ser pervertida, sustituyendo al sujeto por el objeto. O lo que, en la filosofía occidental, pasó convertirse en el gran hilo conductor: la usurpación en la sociedad contemporánea del ser por lo ente.

 

Pero no nos confundamos, nuestras necesidades no son solamente físicas, sino fundamentalmente de índole metafísica. Y en este ámbito se encuentra la felicidad, la cual no significa tener el estómago lleno, o una cuenta de banco poderosa, o incluso salud física y belleza, o abundantes bienes materiales. Si no existe un proyecto, todo esto no pasará de ser más que un peligroso estorbo, en la conquista de esa felicidad que todo ser humano busca con desesperación.  Porque la materia que constituye lo físico de lo que nos rodea, solamente SERA UN MEDIO, JAMAS UN FIN.

Las sociedades contemporáneas se han empecinado, en especial sus grupos dirigentes, a perseguir de manera febril una seguridad exclusivamente material. Este modelo materialista, es transmitido como el modelo a seguir, porque en teoría estos “supuestos dirigentes “, llegan al poder político porque son la flor y nata de los valores más preciados por el mundo civilizado. Tristemente muchísimos de estos líderes sociales, se visten con un ropaje decente, y hasta se inclinan ante el altar de Dios de manera sacrílega, en hábil manipulación de esas ansias de eternidad por lo divino, que es inherente a todo pueblo civilizado.

La seducción por lo efímero es clara, y para ello, estarán dispuestos a realizar absolutamente todo. De aquí proceden casi todas las matanzas, los robos en las arcas del Estado, el ocultamiento de los hechos más atroces, y que, si son señalados, serán solo pensando en la ganancia secundaria, y no en la conquista de la verdad.

La interpretación a todo esto es clara y sencilla: interesa más el poder y sus seducciones, que la búsqueda de la felicidad individual y colectiva.

 

Palabrería que expresa la tragedia epocal de una humanidad, dentro de la cual, la codicia de un poder terrenal, por suerte aún no ha logrado cancelar la vocación originaria del Homo metaphisicum: ser feliz.

No es una palabra más, sino el resultado actualizado, centro indiscutible de una discusión que viene desde la antigüedad, y en virtud del recurso más valioso de lo humano: su mundo interior.

Fusión incomprensible de una realidad, de la cual se es a la vez objeto y sujeto; en permanente develación. Una zona misteriosa donde en aras de su mejor comprensión convergen: fe, ciencia, religión y cultura.  Aquí, todo lo humano, se ve traspasado por la insatisfacción de lo exclusivamente físico. Porque esta dimensión material, aunque importante, no representa el fin último de nuestra existencia. Solo una especie de escalera, que nos conduce a regiones más elevadas.

El mundo, como medio y objeto a trasformar, en función del proyecto de nuestra humanización personal y colectiva

No se trata despreciar el enorme e imprescindible recurso, y renunciar a las posibilidades de lo material. Porque este es medio idóneo dentro de la esfera de lo mundano, que nos permite ascender en la escala de lo creado.

II. El poder como fin, frente a la crisis de lo humano.

No es cosa nueva, que el ansia desenfrenada por el poder, por el control, llevó a muchas naciones a la conquista del globo terráqueo. Aquellos primeros conquistadores, adolecieron del deseo vehemente por adquirir y poseer tierras, personas, culturas. En este proceso de conquista, se destruyó o desfiguró la imagen espiritual de ambas partes.

Tanto el esclavizador como su esclavo, cancelaron la posibilidad de ascender, y en su defecto, se creó un mundo oscuro, marcado por las periferias empobrecidas. Y los centros mundiales del poder, transformados actualmente en embravecidas elites que se arman, y crean métodos cada vez más sofisticados de dominación.

Porque aquella “escalera” que pudo ser el sagrado instrumento para alcanzar la felicidad, se arrojó a los abismos. De este escenario surge el ímpetu descontrolado por adquirir, con violencia, y muerte, en determinación testaruda. Ya digna de mejores empresas, porque está centrada en la acumulación y consumo descomunal de bienes materiales. Casi rayano en lo inaudito, una desesperación acaparadora, como si de eso dependiera la salvación en este y el otro mundo. Aquí se encuentra la trampa.

Porque doquiera dirijamos la mirada existe casi siempre una desesperación maligna por “tener”, la mayoría de las veces, más allá de nuestra jerarquía legalmente adquirida, por mérito y esfuerzo individual. Aquí se encuentran los políticos que se embrutecen dentro de las guerras y derraman por miles la sangre de inocentes. Hábiles mercaderes de las ideologías, que al final de su “lucha”, disfrutan de las delicias de bienes usurpados, y hasta se autoerigen en libertadores. Esta es una especie de tradición de la muerte, aprendida, y que se reproduce generacionalmente. Ciclo de vida y muerte, pero en esencia:  de pobreza, miseria. Herencia y transmisión de una tradición errada, pero vendida como la mejor carta de presentación para adquirir el éxito.

Lo anterior debería constituir una verdadera clave para entender, enfrentar y superar el subdesarrollo. Aquí también podemos y debemos incluir – si queremos ser honestos-, a todas aquellas mafias del crimen organizado.

Seres humanos iguales que nosotros –al menos en apariencia-, con historia personal, pero que han caído en un nivel superlativo de oscuridad; porque abjuraron del sentido fundante de su paso por el tiempo: la búsqueda de la felicidad desde la protección y respeto por la vida.

Pero una maldad también fabricada por el efecto enervante de drogas, que tácitamente “desintegran” sus cerebros. Facilitadas muchas veces desde edades muy tempranas, siendo así, su daño neurológico mucho más grave, y la mayoría de las veces de tipo irreversible.

De este proceso premeditado, y hábilmente estudiado de aniquilamiento de lo humano, tendremos los batallones del narcotráfico, prostitución …aunque la mayoría de sus generales y artífices, casi siempre estarán en las sombras.

Efecto indiscutible de otra causa muchísimo más abyecta y deformada: la cultura del poder dominante, en su versión de la doble o triple moral. Ojalá pudiéramos rescatarnos entre todos, dado que nadie está completamente cancelado, sino hasta que parte de este mundo. Porque la pobreza material y moral, es mala consejera, y el mayor de los peligros para que el común de los mortales, se alisten en los ejércitos del mal. Aunque es también, y de manera paradójica, la coyuntura donde se forjan héroes y santos…

 

III. El ser humano : realidad histórica irrepetible.

Es cierto que un país requiere de un espacio físico y recursos, pero muchísimo más importante son sus seres humanos individuales, concretos, es decir: REALIDADES HISTORICAS VIVIENTES, marcados por su biografía, con limitaciones y potencialidades. Que en conjunto forman un universo irrepetible, jerarquizado, pero angustiosamente complementario en su temporalidad. Capaces de funcionar como agentes de sus propios cambios, y en razón de su dignidad originaria, obligados a construir su lugar en la historia del mundo.

Por ello, el lenguaje simbólico adquiere un carácter sagrado, porque es la primera instancia dentro de la que la patria es pensada. De aquí, lo delicado de este proceso de construcción espiritual. Cuando un cristiano ve la Cruz, o un judío la estrella de David, son transportados de inmediato, a un estado de comunión. Aquí está su carácter distintivo, “la esencia”, que no podría sobrevivir, a menos que sea heredada y perfeccionada históricamente.

¿Y cómo en este proceso de humanización, dar el salto de lo religioso a lo nacional?

Estos ámbitos – lo santo y profano -, no están separados, sino estratégicamente integrados, en la realidad absoluta de lo humano. Y la dinámica de esta realidad acaece en la historia, pero no como simple epifenómeno, sino como expresión suprema de su interdimensionalidad. Porque a la par que somos intrahistoria, y en complementariedad, desde la autodeterminación de nuestra propia libertad, también la creamos. Este acto donde lo heredado se modifica y se supera, es el acontecimiento acmé, donde se fusionan las fuerzas que movilizan el mundo. Entendido este, como el gran proyecto donde participan lo humano y lo divino. Aseveración atrevida, teniendo en cuenta que aquel equilibrio misterioso, se ha roto para dar lugar a un mundo donde el gran orden del universo parte de la intrínseca relatividad de lo científico. A pesar de no alcanzar a otorgar desde este camino, un fundamento lo suficientemente estable, como para sostener los valores que exigen la marcha de lo humano.

Que indiscutiblemente, sobrepasa y supera por reduccionista, la visión científico-matemática. Porque la ciencia, nunca pasará de ser el gran instrumento, que nació por y para lo humano. Cancelar a Dios por estar más allá de la ciencia, ha constituido el error metodológico que más sufrimiento ha causado a la época contemporánea. Tal es el prestigio de lo aparente, frente a la inconmensurabilidad de lo humano, como un misterioso proyecto sin límites conocidos, en su absoluta irreductibilidad a lo meramente biológico o psíquico.

En la profundización de este proyecto, que va obligadamente, de los individuos a las naciones, y de estas, al resto del mundo, es donde acaece la visión de un destino compartido. Como una zona de convergencia, donde se alternan luz y oscuridad, y se entrelazan los valores supremos de la dignidad y la vida. Aquí, la religión que es valor supremo, inmanencia y trascendencia hacia lo divino, es el fundamento de la existencia humana, como del verbo al logos. Así, el ser humano puede rescatarse, independientemente del nivel alcanzado en este proyecto de autorrealización, e insertarse dentro de esta magna visión del mundo, propia de cada época.

IV. Conclusión.

El Salvador, es el lugar por excelencia desde el cual partimos, no para conquistar el mundo, sino el universo. Pero El Salvador es principalmente la morada sagrada, donde quienes la poblamos estamos obligados hasta la muerte, a velar porque la utopía soñada, no solo por nosotros, sino por todas las naciones del planeta, se convierta en realidad concreta.

Donde sobreabunde la dignidad, la libertad, y el deseo de habitarla para siempre. Pero, sobre todo, “el lugar de la historia común”, donde vivamos en paz y con justicia.

Donde seamos dueños de nuestro propio destino, y capaces de convivir en respeto con el resto de naciones, o en su defecto dispuestos a morir no por la fuerza de metralla, eso podría ser fácil. Sino trabajando día y noche, en crucifixión perpetua. Hasta alcanzar la cumbre, desde la cual podamos ver a “ese salvadoreño modelo”, para esta y las nuevas generaciones.

 

 

Anuncios