“Ideología pre-electoral en El Salvador, como superestructura de la violencia”.

La violencia no es un fenómeno aislado, sino el efecto de una estructura social históricamente construida; por tanto, nunca será el resultado ni de la predestinación divina, mucho menos de pretendidas fuerzas ciegas del destino. En tal sentido, aquella violencia será tanto más destructiva, en la medida que aquella estructura, vulnere con mayor o menor intensidad, los hilos más sensibles del cuerpo social.
Actualmente en El Salvador ocurre una escalada de asesinatos, de impresionantes dimensiones, y su contexto sin lugar a dudas, emana de las precarias condiciones sociales, económicas, y políticas en que viven las mayorías populares. Las raíces de este mal crónico, pareciera venirse desarrollando con más fuerza, desde el último tercio del siglo XIX; porque a partir de aquella época, se intentó de acuerdo a la historia oficial, modernizar el incipiente estado-nación, e impulsar la vida democrática a través del sufragio. Pero todo esto, no han pasado de ser proyectos teóricamente buenos, pero que no han prosperado; lo cual no ha sido producto del azar, sino la resultante de un exitoso proyecto político-económico, paralelo al de las mayorías populares, y que sólo ha beneficiado a reducidos centros del poder nacional e internacional. Este olvido trágico del conglomerado social, ha conducido a múltiples rebeliones, las cuales han sido reprimidas, y hasta borradas con mayor o menor éxito, de la memoria histórica. Dando paso al adoctrinamiento generacional, desde el cual se inculca a capa y espada, un patriotismo, que poco o nada significa en la vida práctica; excepto para el pago de impuestos, que escasamente se reflejan en una infraestructura que dé soporte y dignidad a todos los connacionales. Ahora que estamos por terminar un periodo presidencial, dirigido por fuerzas políticas de izquierda, aún no alcanzamos a percibir en estos cinco años, que ya casi finalizan, el cumplimiento de aquellas promesas otrora ofrecidas; no sólo en su campaña presidencial, sino de aquellas ofertas utópicas, que llevaron a la guerra y a la muerte a miles, desde finales de la década de los años setenta, y ochenta. Cada quien sabe desde su personal perspectiva, si en este “novedoso” escenario del ejercicio del poder, han sido satisfechas sus aspiraciones; o si por el contrario este nuevo ensayo de hegemonía de la post guerra, resultó un fracaso. De igual manera, cada quien es libre de discurrir sobre el fenómeno político de la derecha, y de cómo también ha sido beneficiado o golpeado, por sus aciertos o desviaciones. Este es un tema delicado, porque en el existen también las huellas de la muerte, y aun el olor a sangre inocente, que igual se derramó y con saña, por ambos bandos. No caigamos en la trampa hipócrita de querer juzgar los crímenes de guerra, y si es así, también reconozcamos la responsabilidad no solo material sino intelectual, de un ejercicio del poder que no solo es circunscrito a un país, sino también regional y mundial. El problema de la justicia no estriba sólo en detener al que jaló el gatillo, sino a quien ordenó el disparo, y en esto existe una cadena que puede llevarnos tan lejos, que al final la responsabilidad deberá ser compartida. Quizás en esto, se esconde una de las claves para entender el fenómeno de la injusticia, que seguramente responde a una realidad estructural, ideológicamente coherente, igual que una compleja maquinaria, eficiente, pero mortífera.
Por lo anterior, es posible que no se haya logrado entender el verdadero sentido de la revolución, la cual no solamente debe procurar cambios superficiales, sobre algunas instituciones, sino fundamentalmente deberá transformar las mentes, para liberarlas de aquellas ataduras alienantes, de la cual ya participan, incluso quienes dicen llamarse dirigencias revolucionarias de la izquierda. Los yerros de estos nuevos dirigentes no están muy lejos, del afán de lucro y olvido del deber, de aquellas fuerzas de la derecha; aunque es preciso señalar, que en ambos bandos existen individuos especiales. Aquellos que observan y meditan , y que si se unieran dentro del firme propósito de construir una verdadera plataforma de desarrollo , es posible que nuestro querido El Salvador , recuperara la ruta y la esperanza.
Esta superestructura ideológica, está saturando las preferencias no solo al vestir y comer, sino fundamentalmente de pensar, y en consecuencia la forma de ejercicio del poder. En este escenario de incertidumbre , las coaliciones parecieran ser tentadoras , pero recordemos , nadie que negocia traicionando , va a ser jamás digno de confianza ; y aunque en política todo pareciera permitido , existen hechos de tal contundencia , que sólo aquellos ciegos, sordos o mudos del cuerpo y el espíritu , dejarían de tomar en cuenta . ¿A qué le deberíamos de apuntar en este contexto pre-electoral? ante todo, debemos buscar la dignificación del cuerpo social, atacando la corrupción y el descaro. Esforzarnos por desarrollar el sentido y olfato político hasta donde nos sea posible…si no, demos pasó a los líderes natos, descubrámoslos, identifiquémoslos, rescatémoslos. Y esto no sería muestra de debilidad, sino de honestidad, porque para hablar de democracia al estilo griego, deberíamos de tener todos unos elevados niveles de educación y comprensión, para no caer en manos de los sofistas vende patrias. Porque en esto, nos jugamos el futuro de todos nuestros seres queridos, de sus bienes y sus vidas; y estoy seguro que en este contexto, cualquiera pediría a gritos, un verdadero líder, honesto y convencido de su papel en el ejercicio del poder. No un mercader cuyos valores se basan únicamente en el dinero, y seguramente se venderá al mejor postor. Tampoco queremos a un líder inculto, ligado a un linaje que no entiende el significado trascendental de dirigir un país, el sentido de la historia, o en el peor de los casos desprecie la vida. De estos hemos tenido demasiado en esta corta historia salvadoreña, desde el final de la Federación Centroamericana a mediados del siglo XIX.

Por eso, aspirar a un modelo de hacer política no sólo orientado a la dignificación de los sectores populares , sino de todos los salvadoreños, ha sido hasta ahora una labor quijotesca ; porque es más fácil canjear los votos , regalando tamales ,refrescos, o a través de alguna fiestecilla donde corra la cerveza , el ron o la chicha …la baja escolaridad , y el funesto impacto de los medios de comunicación harán el resto . Discursos politiqueros que teóricamente podrían estar bien armados, pero que a pesar de ser repetidos infinidad de veces, no han podido calar en las mentes de quienes han dirigido los destinos del país – de la derecha o la izquierda – , no sólo al interior del mismo, sino fundamentalmente de aquellos que ejercen la hegemonía mundial.
Porque de este gobierno mundial, ha derivado en gran medida, esta dinámica de subdesarrollo como un hecho histórico consumado. Probablemente esto se encuentra anclado, en el desprecio a todo aquello vinculado a países considerados inferiores, hacia los cuales se orientan modelos ideológicos, que promueven un espíritu de imitación y servilismo. Así como un desprecio por lo autóctono, y un reforzado y actualizado malinchismo. Violencia epistémica, que ha determinado este escenario, desde el que se generan las grupales actitudes psíquicas desviadas, que ya el sociólogo francés Pierre Buordieu definió como “habitus “, o de lo que A. Gramsci llamó superestructura…capital material y simbólico, que diseñan y determinan una especie de subconsciente colectivo, que nos conducen, de acuerdo a la intencionalidad de aquel proyecto, a la liberación o a la opresión.

De aquí brotan seguramente, las raíces violentas de este pecado histórico llamado subdesarrollo; cuyas manifestaciones pueden ser vistas fácilmente, en esas tristes intrigas politiqueras, que saturan los medios de comunicación, pero que peligrosamente gestan los monstruos del crimen. Quizás en esto se encuentre escondida una especie de idolatría infernal del culto a la riqueza, ansia demoniaca al querer inmortalizarse, mediante el culto al dios Mammón.

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