“Buscando un lugar para vivir: frente a las migraciones forzadas”.

Para existir en el mundo, necesitamos condiciones nos sólo materiales, sino espirituales; de aquí, muchas persona salen de sus lugares de nacimiento, en busca de un lugar más apropiado para desarrollarse. Y esto no tendría problema alguno, si en este proceso no se perdiera algo importante de la existencia humana, que de una u otra manera se encuentra ligado a nuestra herencia cultural e histórica. En esta dinámica de desarraigo, nos desvinculamos de “ese algo intangible”, que con el paso de los años, se torna más evidente en la añoranza. Que no es más que una sensación de angustia y pérdida, pero también de esperanza; no sólo porque aún es posible retornar, sino porque contemplamos con una mirada, quizás más humana y experimentada, las consecuencias de aquella decisión que nos llevó a dejar un día nuestras respectivas patrias. Y que ya con más madurez, quizás hemos llegado a entender, que la diáspora siempre fue el castigo aplicado a los pueblos malditos; más aún, si la convertimos en decisión permanente para todos. Por esto, no es conveniente convertir soluciones históricas coyunturales y transitorias, en procesos definidos , consumados y permanentes; so pena de ver a corto, mediano o largo plazo, consecuencias que en nada favorecerían, nuestro desarrollo tal vez no sólo material, sino espiritual y moral.
Con mucha lógica, al abandonar la patria, se han aducido motivaciones comprobadas de tipo económico, político, o de seguridad personal o familiar; esto es comprensible, siempre y cuando este estado de cosas no sea permanente. Porque de ser así, tendríamos que considerar si ese lugar especial llamado “patria”, es en verdad eso; y si llegamos a la conclusión, que sí lo es, pero que se encuentra secuestrada o mal administrada. Entonces deberemos de preguntarnos, ¿qué estamos obligados a hacer para recuperarla? Tal y como lo haríamos con algo importante que se nos ha usurpado, y de lo cual depende nuestra vida.
En tal sentido, cuando por las razones antes apuntadas, nos toque dejar nuestro amada patria, y veamos con el paso de los años que esta no ha cambiado, sino que continua siendo, sólo un punto de partida hacia el destierro; entonces hemos de preguntarnos, si será conveniente transferir riqueza ganada con grandes y graves sacrificios a ese lugar sospechoso, porque este recurso al final será usado por los responsables intelectuales de este crimen. Para enviar fuera de la patria a otros, y convertir eso que fue coyuntural o temporal, en una herencia permanente de desintegración familiar, desarraigo, y finalmente de una muerte material y moral, que de una u otra manera nos alcanza a todos.
A lo anterior, habrá quien adverse, que para él todo esto ha sido un éxito…, pero le preguntaría ¿qué entiende por éxito? Además la excepción sólo confirma la regla. Porque esta lacra, de las migraciones forzadas, es un fenómeno que sólo conviene a los emisores y receptores, de una riqueza humana incuantificable, mucha de la cual, casi se ha convertido en mano de obra esclava. Y en muchos casos, con graves y crónicas lesiones a la dignidad humana, cuyo alcance difícilmente podremos cuantificar algún día.
Por esto es necesario y urgente, desconfiar de esos discursos legitimadores, y hacedores de esclavos, que hoy se han convertido en hechos consumados, que casi han adquirido derecho de piso, en la conciencia refleja del conglomerado social.
Siempre será una vergüenza aquel país, que no se pronuncie y actúe con políticas eficientes en evitar esta deshonra: la de ver fuera de la patria a todo aquel, que bien hubiese realizado su vida en el terruño, si en este se hubieran encontrado las condiciones para una vida humana digna.
En tal sentido, aquellos países que no están convencidos – por intereses inconfesables -, que esta situación es anormal, bien podríamos tacharlos, con el bien merecido, pero triste y deshonroso calificativo, de “los nuevos esclavistas modernos”.

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